Habitación de Hotel
Texto y Proyecto by Nerea
Salir de vacaciones implica que por unos días convertimos una habitación de hotel en nuestro hogar. Muchas veces recordamos las ciudades que visitamos también por ellas, por la impresión que estas estancias han dejado en nosotros. Así, por ejemplo, si pienso en la primera vez que viajé a París, no puedo sino acordarme de una entrañable cucaracha que amablemente me saludó a lo ‘’bonjour mademoiselle’’ al abrir la puerta de mi habitación. Tampoco consigo olvidar el autoretrato de Van Gogh enmarcado en un plástico tenebroso que presidía el cabecero de la cama y que era una clara invitación a la pesadilla. Luego, con los años, he descubierto que en Francia, en general, a las estrellas de los hoteles siempre les cojea una punta. De otros, en cambio, guardo un grato recuerdo. Al preparar mi maleta con destino a un pueblo perdido en el Rif marroquí, dudaba hasta si de meter papel higiénico por si allí no se estilaban tales lujos. Y no sólo lo encontré, sino que además creo que es uno de los hoteles que más me han impactado en toda mi vida. Un dormitorio decorado en un montón de variaciones del color añil, en los mismos tonos de los que se pintan las fachadas de las medinas y que sirven tanto para espantar a las moscas como a los espíritus. Además de detalles arquitectónicos propios de la zona: arcos, vanos de puerta vestidas con pesadas cortinas, pequeñas ventanas y balconadas cerradas desde donde poder contemplar las diminutas calles.
Si analizamos la distribución de las habitaciones de hotel de gama media, descubriremos que la gran mayoría sigue la misma pauta. Lo habitual es que tras un pequeño pasillo en donde se sitúa la puerta de entrada, la de acceso al baño y los armarios (nunca con más de 5 perchas) accedamos a la zona de descanso. Esta suele estar compuesta de mesillas gemelas, camas de grandes dimensiones y cabeceros corridos en madera. Enfrentada a esta composición, probablemente encontremos una mesa larga que sirve a la vez como soporte para la televisión y zona de estudio. Sin olvidar la nevera con bolsas de cacahuetes y mini-latas de refrescos. Cerca de la ventana se suele colocar una butaca descalzadora y una mesita en donde poder encontrar el mando de la tele y folletos informándonos de todos los servicios que nos ofrece el hotel. A veces incorporan detalles clásicos o quizás más modernos, pero sin olvidar ninguno de los objetos anteriormente citados. Luego surgen detalles característicos de cada país. En Inglaterra e Irlanda es imposible no encontrar una biblia en la mesilla y una tetera eléctrica en la mesa. En los complejos hoteleros del Caribe, nuestra cama se engalanará con una escultura-cisne hecha con toallas y en España por un bombón seco o dos caramelos rancios. Uno de fresa y otro de limón.
Luego están los maravillosos hoteles diseñados por afamados arquitectos o artistas, en donde se olvidan de cualquier imposición previa y dan rienda suelta a su imaginación. Creando espacios diferentes y únicos alejados totalmente de convencionalismos. Cada habitación es diferente y no un clon de las otras 300 que pueda tener el establecimiento. Con piezas de diseño, papeles pintados, pinturas y detalles fuera de lo común. Muchas de ellas poseen baños incorporados al propio dormitorio o separados solo mediante modernos cerramientos de cristal. Duchas con rociadores, lavabos suspendidos, bañeras de hidromasaje y espejos que incorporan un sistema de televisión en su interior. Lujo y diseño. Hoteles que merecen el viaje por sí solos y en los que una tiene la duda de si saldría a recorrer la ciudad o pasaría el día encerrada en ellos. No sólo eso, sino si el hecho de estar rodeada de tanto glamour y elegancia, me incapacitaría para robar el gorro de ducha y los botecitos de champú.





Muy bonito el artículo, me ha gustado mucho.