Una tarde con estrenosTV.
Texto y Proyecto by Nerea
Para mí, una de las cosas más maravillosas de los sábados por la tarde, es el poder tumbarte en el sofá a eso de las cuatro y encender la televisión. Lo normal es que den uno de esos telefilms americanos de temática entre lo escabrosa y variopinta. Robo, secuestro, pérdidas familiares, alcoholismo, romances imposibles… O porque no, todo ello mezclado, madre de familia abandonada por su esposo y refugiada en la bebida sufre un horrible secuestro y poco después se enamora de su vecino que resulta que además es un sangriento asesino. Ole por los guionistas. En general de esas películas me aburro rápido y caigo en un profundo sueño de esos de babilla incorporada. En cambio cuando el tema va de adolescentes americanas y sus problemas existenciales me engancho y renuncio a la cabezadita de media tarde. Me encantan esas películas… que increíbles parecen sus vidas y eso que sólo tienen quince o dieciséis años.

En primer lugar tienen taquillas en el instituto y sólo ya por eso, esas chicas, me producen una envidia correosa. No quiero ni imaginar lo que yo disfrutaría haciendo corrillos con las compañeras y poniendo a parir a nuestra amiga Mari Pili (bueno Mary Pil que suena como más yanqui), mientras finges buscar el libro de física en uno de esos armaritos con candado y contraseña. Podría dejar notitas de amor o mejor aún, recibirlas. Por no hablar del subidón que tiene que producir el ser animadora y llevarte al huerto al capitán del equipo de rugby, eso tiene que ser mejor aún que te toque premio en el Patapalo de fresa. Encima las muy desalmadas, no es sólo que tengan unos exámenes tipo test que aprobarían hasta los parvularios o que puedan sacarse el carnet de conducir a los 16, no, además tienen fiestas de fin de curso.
Con conciertos en directo, modelitos de gala y barreños de ponche a los que echar vodka mientras el profesor está despistado. En mi colegio, cuando llegabas a COU las monjas nos organizaban una especie de merienda en el gimnasio, con mesas plegables, tang y platos de plástico con patatas fritas revenidas. Todo ello acompañado del extraño olor a pies que desprendían las colchonetas. ¿Música en directo?….a nosotras nos venían a visitar esos duendecillos con calzas, los tunos… Clavelitos clavelitos… Una no podía dejar de rezar a Dios dándole las gracias por haber aprobado y no tener que pasar por aquello un año más. Quizás las hermanitas preparaban todo aquel montaje kitsch como una manera de promover nuestra ya casi inexistente fe. Rezar, rezar…. O volveréis a pasar por lo mismo el curso que viene.

A lo que iba, estas adolescentes americanas parece ser que nunca comparten dormitorio con sus hermanas. Al revés, tiene unos dormitorios gigantes…¡¡con camas de matrimonio!! Si con quince años le llego a pedir a mis padres una cama de 150 me imagino que su respuesta hubiera sido algo así como ‘’Si anda, que te acomodas y ya no te sacamos de casa ni a los treinta!!. Ellas tienen su propio teléfono en el cuarto y no tienen que pasar por el trance de hablar desde la cocina con una madre cacharreando de fondo y soltando eso de ‘’cuelga ya, que vamos a cenar’’. Además son tan afortunadas que no sólo su vecino está súper bueno, sino que además hay un árbol estratégicamente colocado al lado de la ventana de su dormitorio por donde él se cuela por las noches. Nada de darse besitos en el portal y que te pille la vecina cotilla del quinto cuando baja a tirar la basura. No, ellas tienen acceso directo a la flecha de Cupido.
A mí, con quince años, me hubiera encantado tener un dormitorio de adolescente americana. Con su techos abuhardillados, sus puertas blancas (parece ser que en EEUU lo de la carpintería en Sapelli les suena muy out), su propio baño y ese vestidor gigante, en el que casi entra la colección de zapatos de Imelda Marcos, la estantería donde colgar mis pompones de animadora y mis trofeos del campeonato estatal de ortografía. Una butaca y una cama rebosantes de cojines en todos los tonos de color rosa que pudiera imaginar, y con los que además, poder pegar a mis amigas en la cabeza cuando se celebrase una de esas fiestas de pijamas que parecen tan divertidas.

Claro que si algo me han enseñado los telefilms de los sábados por la tarde aparte de que otro tipo de adolescencia es posible, es que por mucho que les tenga envidia, al final estas chicas llegan a la universidad (a no ser de que se casen con el jugador de rugby nada más graduarse ya que en la fiesta de fin de curso ¡¡ups!! se quedaron embarazadas) y es entonces cuando abandonan los preciosos dormitorios de su casa familiar y tienen que enfrentarse a todo ese rollo de entrar en la hermandad Pi Beta Gamma y sufrir un montón de novatadas. Ostras, que hasta algunas se mueren y todo… aunque luego siempre aparece el poli cachas que lo resuelve todo en hora y media, bueno dos, contando los anuncios. Y eso ya me da como más pereza. Así que casi que me quedo con mi dormitorio adolescente de cama nido, paredes de gotelé grueso taladradas a chinchetazo limpio con posters de Nirvana y fiestas de fin de curso al ritmo de morenaaa, la de los rojosss clavelessss…


Muy entretenida la lectura, jajaj yo no lo hubiese explicado mejor…
Y que me dices de todas esas casitas con su camino delante de la puerta asfaltado y sus enormes jardines donde hacen barbacoas cada fin de semana, ademas de esos porches de madera donde por la noche con una taza de chocolate y la mantita se columpian en sus balancines cotilleando al vecindario.. jajaja
Muy bueno!!